Archivo del 8 de diciembre de 2020

Una vez más estamos aquí para rendirte homenaje
a los pies de esta columna,
desde la cual tú velas con amor
sobre Roma y sobre el mundo entero,
desde que, hace ya ciento cincuenta años,
el beato Pío IX proclamó,
como verdad de la fe católica,
tu preservación de toda mancha de pecado,
en previsión de la muerte y resurrección
de tu Hijo Jesucristo.
¡Virgen Inmaculada!
tu intacta belleza espiritual
es para nosotros una fuente viva de confianza y de esperanza.
Tenerte como Madre, Virgen Santa,
Nos reafirma en el camino de la vida
como prenda de eterna salvación.
Por eso a ti, oh María,
Confiadamente recurrimos.
Ayúdanos a construir un mundo
donde la vida del hombre sea siempre amada y defendida,
toda forma de violencia rechazada,
la paz buscada tenazmente por todos.
¡Virgen Inmaculada!
En este Año de la Eucaristía
concédenos celebrar y adorar
con de renovada y ardiente amor
el santo misterio del Cuerpo y Sangre de Cristo.
En tu escuela, o Mujer Eucarística,
enséñanos a hacer memoria de las maravillosas obras
que Dios no cesa de realizar en el corazón de los hombres.
Con premura materna, Virgen María,
guía siempre nuestros pasos por los senderos del bien.

¡Amén!

Este segundo domingo de Adviento abre una semana en la que se nos invita a estar en vela, a través de un anhelo de permanente conversión del corazón. Durante el camino de nuestra vida podremos ir convirtiéndonos, rectificando su rumbo si se desvía, y en este domingo y su semana se nos invita a que lo hagamos de un modo más profundo, como preparación de la venida –navideña– del Señor.

En la liturgia de la palabra de la Misa de este domingo se nos sugiere preparar lo mejor posible el camino que conduce a Jesús, desprendiéndonos de todo lo que obstaculice esa venida de Dios que esperamos. Se alude al cielo nuevo y la nueva tierra que significa contar con Jesucristo, a su llegada hace XXI siglos y cada día, también a fecha de hoy, presente en nuestras almas en gracia y eminentemente en la Eucaristía.

Las referencias escriturísticas al desierto quieren recordarnos el distanciamiento que conviene lograr de todo aquello que nos aleje del amor de Dios. Y sabemos que alejarnos del amor de Dios es alejarnos del amor al prójimo.

La alegría del perdón de Dios

Pero la Iglesia nos recuerda que siempre hay remedio, y que si nos hemos separado de Dios podemos volver a Él a través del sacramento de la confesión sacramental, o sacramento de la alegría o del perdón.

Dios ama siempre, queramos a no pedirle perdón, reconozcamos o no que le hemos ofendido.

Y Dios ha dispuesto perdonar al hombre de sus pecados a través de uno de los siete sacramentos, que instituyó y confió a los apóstoles al inicio de la Iglesia y luego a sus sucesores –los obispos y colaboradores, los sacerdotes– para ser instrumentos de su misericordia, quienes actúan en la persona de Cristo. Así, obtenemos el perdón de Dios a través de hombres que en ese momento son el mismo Jesús, pues solo Dios puede perdonar los pecados, y en su sabiduría infinita ha dispuesto que así sea.

En el gesto de acudir al sacerdote para confesarme hay una objetividad que verifica que me llegue la gracia del perdón divino y así pueda limpiarse el alma del pecado.

Para una buena confesión tradicionalmente se nos ha animado a examinar la conciencia en la presencia de Dios, dolernos de haberle ofendido, proponernos firmemente mejorar, decir los pecados al confesor íntegra y sinceramente, y cumplir la penitencia que nos imponga. Y junto a ello la grata actitud de dejarse sorprender, asombrar, por un Dios que ama y sólo ama.

No se trata, lo sabemos, de ser impecables, pues eso es un sueño ilusorio. Desde que somos concebidos heredamos el pecado original cometido por nuestros primeros padres, y aunque al ser bautizados se nos borra, de por vida tendremos la inclinación al pecado, que muchas veces vencerá sobre el bien, sobre el amor. Así, de lo que se trata es de levantarse una y mil veces, abrazar el perdón amoroso de Dios, que, como buen padre, siempre nos lo dispensa gratuita y misericordiosamente.

 

 

 

La Iglesia Católica inicia el año litúrgico con el Adviento, que consiste en un tiempo de preparación espiritual para la venida de Jesucristo en Navidad.

La casi totalidad de las iglesias cristianas celebran también este tiempo litúrgico: entre ellas la iglesia ortodoxa, anglicana, protestante –luterana, presbiterana, metodista, morava, etc. –, o la copta. Cada una tiene sus particularidades litúrgicas y celebrativas.

Se trata de un tiempo de espera, caracterizado por el arrepentimiento, el perdón y la alegría.

Dura cuatro semanas, y se celebra relevantemente los respectivos domingos. Del 16 al 24 de diciembre puede vivirse la Novena de Navidad, cuyo propósito es preparar más específicamente las fiestas navideñas.

Propiamente empieza con las vísperas del domingo más próximo al 30 de noviembre, y termina con las vísperas de la Navidad. Este año empieza el domingo 29 de noviembre, y dura hasta el 20 de diciembre.

Como iremos viendo, pueden distinguirse dos momentos: uno primero escatológico y que prepara para contemplar la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos, pero precedida por su venida hace veintiún siglos y cada día; otro tiempo enfocado más a la preparación de la Navidad, celebrando ya con gozo el próximo nacimiento de Dios y su presencia salvadora entre los hombres.

La liturgia se muestra sobria, y en consecuencia evita el rezo del Gloria en la Santa Misa, los ornamentos son de color morado, y las iglesias evitan decorados vistosos. De este modo se significa que aquí en la tierra nos falta ese Jesús que está a punto de llegar, pura luz y celebración, para lo que conviene prepararse a través de una actitud sobria y templada.

 La corona de Adviento

El origen de esta costumbre se encuentra entre los pueblos del norte, en la era precristiana –siglos IV y V– y en pleno diciembre, cuando para combatir el frío y la oscuridad se colectaban coronas de ramas verdes para encender hogueras que recordasen la esperanza en la primavera que estaba por llegar.

Más tarde –siglo XVI– católicos y protestantes alemanes empezarían a usar ese símbolo durante el Adviento, como luz que luce progresivamente hacia la luz plena de Jesús nacido, Dios entre los hombres.

Cada domingo se enciende una vela junto a la corona –o dentro de ella– en memoria de las etapas de la historia de la salvación antes de la arribada de Cristo. La noche oscura que supone la espera de esa luz se va iluminando poco a poco hasta la plena iluminación de la presencia de Dios entre los hombres: ¡la Navidad!

La corona se tiene en cada hogar y en las iglesias, con cuatro velas, una por domingo. Cada una de ellas puede asignarse a una virtud que convendrá mejorar la semana correspondiente: la primera al amor, la segunda a la paz, la tercera a la tolerancia, y la cuarta a la fe. La corona puede ser bendecida por el sacerdote.

Su forma circular significa eternidad, pues no tiene principio ni fin. El verde de las ramas la esperanza. La luz de las velas la salvación que Jesús traerá a la Humanidad. Las velas que se encienden el primer, segundo y cuarto domingo son moradas, para recordar ese tiempo de preparación y, por tanto, esa sobriedad o templanza a la que nos referíamos. La del tercer domingo es rosa, y así se sugiere la alegría de ese tiempo, pues es una espera dichosa, aunque penitente. De hecho, al tercer domingo se le denomina el “de la alegría“.

 La primera semana de Adviento, que comienza con el primer domingo, está centrada en la venida del Señor al final de los tiempos. Así, se nos invita a observar una actitud de espera, para lo que convendrá observar una especial conversión del corazón.

Las lecturas del primer domingo anuncian la reconciliación con Dios y la llegada del Redentor. El salmo canta esa salvación de Dios que viene a través de su Hijo. En la segunda lectura san Pablo exhorta a esperar en esa venida de Jesucristo.

En definitiva, la liturgia de la palabra nos anima a velar y estar preparados, pues no sabemos el día ni la hora en que Dios nos llamará a su presencia. Y, para ello, el mejor modo es luchar por vivir la virtud de la caridad y del amor de modo incondicional.

 

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