El Viernes Santo, nuestro pueblito volvió a reunirse en torno a la parroquia de San Andrés para acompañar al Señor en su camino hacia la Cruz, con la solemnidad que exige la fecha.
En un ambiente de recogimiento y silencio, comenzamos la procesión que, un año más, recorrió nuestras calles recordándonos los momentos centrales de la Pasión.

La procesiónse abría con el paso que nos recuerda el inicio de esta semana: aquel Domingo de Ramos en el que aclamábamos a Cristo como Rey. Hoy, esa alegría se transforma en contemplación. El mismo pueblo que lo recibió con ramos, camina ahora con Él hacia el Calvario.
Tras Él, avanzaba el paso de Jesús cargando la Cruz a cuestas. En Él contemplamos el peso del sufrimiento humano, asumido con amor. Cada paso, cada silencio, invitaba a la oración y a la reflexión personal.
A continuación caminaba el Cristo en la Cruz, centro y culmen de este día santo. Ante Él, el silencio se hacía más profundo. Es el misterio del amor llevado hasta el extremo, el sacrificio que da sentido a nuestra fe.
Cerraba la procesión la imagen de la Dolorosa, acompañando a su Hijo en el camino del sufrimiento. Su presencia nos recordaba que no estamos solos en el dolor, y que toda cruz, vivida con fe, es también camino de esperanza.
La procesión recorrió las calles de Zizur Mayor en un ambiente de respeto y recogimiento, donde vecinos de todas las edades quisieron acompañar al Señor.
Destacar la colaboración de los monaguillos de la parroquia, cuya entrega y servicio son un reflejo de una comunidad viva y joven, que sigue creciendo en torno al altar.
Entre todos, nuestro pueblito dio un testimonio sencillo, pero profundo, de fe compartida: un pueblo que camina unido también en los momentos más solemnes del año.














