Las lágrimas de Jesús, sus peticiones y oraciones al Padre, son para nosotros garantía de que nuestros sufrimientos y pruebas contarán siempre con su mano tendida.

Ante el dolor ¿cómo reacciona el hombre de hoy? Ante la cruz ¿por dónde y cómo se la toma?

1.Nos aproximamos poco a poco a la Santa Pascua. Y al igual que le pasó por la mente a Jesús, en muchos instantes, quisiéramos que desfilara de nosotros el cáliz amargo del desazón, preocupaciones, sufrimiento o muerte.

Pretendemos ser eternos y comprobamos que somos caducos

Presumimos ser dueños de la vida, y es el día a día quien nos empuja hasta la muerte

Tenemos respuestas para todo y, detrás de una solución, surge de nuevo un interrogante.

2.A punto de iniciar la Semana Santa es bueno saber que no estamos solos ante los grandes dramas que nos sacuden. Uno, especialmente sangrante, es la orfandad que padecen en propias carnes muchas de las personas que nos rodean. No saben a quién recurrir. No tienen a quién suplicar. Y, algunos de ellos, no poseen ya ni razones para vivir. ¿Qué hacer por aquellos hermanos nuestros que han dejado  por el camino el amor de Dios? ¿Cómo hacerles entender que, a la vuelta de la esquina, les aguarda un Cristo con suficiente fuerza y vida para todos?

La Nueva Evangelización,  a la cual todos estamos  convocados, podemos iniciarla acercándonos a aquellos que reclaman un poco de atención o de cariño, de ternura o de apoyo. La sociedad nos instruye para la vida  pero nos oculta la realidad de la muerte. La sociedad siembra de música el escenario de nuestro vivir pero no nos alerta para los momentos, existencialmente obligados, que llamarán a nuestra puerta como pueden ser el llanto, el dolor o la negación de uno mismo.

3.Hoy, como aquellos griegos que se acercaron a Felipe, también nosotros quisiéramos ver a Jesús. ¡Se solucionarían tantos enigmas! ¡Callarían tantas lenguas! Pero lo cierto es que, Jesús, está en medio de nosotros. Nuestra fe, a veces adormecida y otras interesada; unas veces entusiasta y otras tímida nos dice que está aquí. ¿Seremos capaces de intuirlo con ese sexto sentido de nuestra confianza? ¿Seremos tan ilusos de dudar por el simple hecho de que, no siempre, lo percibimos con nitidez o con suficiente calor?

¿Queremos, de verdad, ver a Jesús? ¿No estaremos en algunos momentos esperando a que se nos manifieste totalmente? ¿Tenemos ansias de ver, creer, amar, fiarnos y aguardar a Jesús?

En ese camino de discernimiento no estamos solos. Nos acompañan, como he dicho al principio, sus lágrimas, su oración y la gran promesa que nos dejó: “estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”(Mt 28,16-20).

 

Ha llegado la hora de Dios, la hora de Jesucristo. Que seamos capaces también nosotros de poner a punto nuestros relojes cristianos. La Pascua nos exige, como a los discípulos, vivir unidos al Maestro. No podemos quedarnos en el “héroe de Jesús”. Su testimonio sigue siendo algo vivo, algo que nos interpela y nos conduce a entregarnos en la medida de nuestras posibilidades con Él, en Él y para Él. No estamos solos.