Los mCatecismoiércoles a la 17:oo catecimos de Primera Comunión y a las 20:00 catecismos de Confirmación.

SEÑOR SANTIAGO
Como tú, también yo de vez en cuando,
me encuentro arreglando las redes
de mi vida a las orillas de mi existencia.
¿Arreglando o desarreglando?
¡No lo sé!
Sólo sé que, de cuando en vez,
siento una voz que me dice:
¿Qué haces? ¿Por qué te afanas tanto?
¿Cuánto has pescado hoy?
¿Qué has hecho hoy con tu vida?
Miro hacia arriba, y así como tú, viste algo
no siempre yo veo nada claro.
Me falta tu impetuosidad
y me sobra cobardía para, mirando hacia delante,
saber que hay un Señor que una y otra vez me dice:
¡Ven y sígueme! Pero ¿sabes?
Siempre respondo lo mismo:
¿A dónde seguirte? ¿Para qué? ¿Por qué yo?
Y es que, Señor Santiago,
siempre pienso que eso de “ven y sígueme”
es para la gente cualificada
para las personas solitarias
para aquellos que son un poco especiales.
Y en el fondo, bien lo sabe Dios,
es miedo a mostrarme como lo que soy.
Digo ser cristiano, y me cuesta demostrarlo
Presumo de ser bautizado, y a duras penas me mantengo
Pretendo seguir a Cristo y, a cualquier distracción,
Prefiero quedarme parado en cualquier esquina.
¡SI; SEÑOR SANTIAGO!
Hoy, permíteme que te dé las gracias por tu gran regalo
Por poner, en nuestra tierra, la primer piedra
de ese gran edificio espiritual de Jesús de Nazaret
Déjame darte las gracias por tu valentía
incluso por haber creído de tal manera en Cristo
que te permitiste el lujo de pedir un puesto privilegiado
al lado del Padre Dios
Déjame, ante esta tu fiesta,
sonrojarme ante la grandeza de tu fe
en comparación con la débil mía:
tú fiel hasta dar la vida por Cristo
yo fiel siempre y cuando no me exijan tanto.
Déjame, Señor Santiago,
darte las gracias por habernos dejado
tu encuentro con la Virgen María.
Ella, como hace tantos siglos,
sigue estando presente y ayudando
a todo aquel, a todos aquellos
que se ponen en camino
para llevar la Buena Noticia
por todos los rincones del mundo.
Y cuando tantos confunden “aconfesionalismo”
con “absentismo” en lo religiosoa
azuza tu espuela sobre este caballo de occidente
que, con jinetes necios sobre sus lomos,
corto trayecto les aguarda 
por no querer o saber aferrarse a aquellos valores
que, por debajo y por arriba,
son más altos y definitivos que ellos mismos.
¡Gracias! ¡Gracias, Señor Santiago!

Foto de Diego Jiménez Salinas.

Foto de Roque Pérez Rivero.

REFLEXIÓN DE LA SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Es…píritu Santo» (Mt 28,19)

En este domingo celebramos una de las Solemnidades más importantes dentro del Año Litúrgico. Tras celebrar el domingo pasado la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia el día de Pentecostés, en el día de hoy la Iglesia nos regala un día para contemplar al Señor como realidad de Tres Personas que viven en perfecta relación armónica de amor.

El Señor se manifiesta hoy como el único Dios verdadero, un Dios que quiere que sea feliz, que tenga vida. Así, dirá el mismo Jesucristo en el Evangelio de San Juan: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10); «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3).

Así, el Señor me hace una llamada a conversión, porque muchas veces uno cae en los engaños del maligno que te hace creer que la vida está en postrarse ante los ídolos que él te presenta en el mundo: «Todo esto te daré si postrándote me adoras» (Mt 4,9) invitándome el Señor hoy a estar unido a Cristo para poder responderle al maligno como Él respondió: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto» (Mt 4,11).

Me conduce esta Palabra a hacer un examen de conciencia y a pedirle al Señor que me ayude en el combate que se me presenta diariamente, rumiando la palabra que transmite Dios hoy en la primera lectura: «Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre» (Dt 4,39-40).

Porque lo que el Señor desea de mí, es que sea feliz. Él se dona enteramente a mí y a toda la humanidad para que tenga Vida Eterna. Dios no es un Dios pasivo, indiferente, sádico, ante mi sufrimiento y el sufrimiento de tantas personas que viven en el mundo. Dios nos ama: «Tanto

amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Así, no sólo se nos invita a contemplar y a adorar a Dios como criaturas suyas que somos, sino que la buena noticia que nos trae el Señor hoy es que se nos invita a introducirnos en esa realidad Divina acogiendo a Jesucristo a través del Espíritu Santo: «La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1.14.12).

Porque, tal y como nos dice S. S. Benedicto XVI: «La teología y la espiritualidad de la Navidad usan una expresión para describir este hecho: hablan de admirabile commercium, es decir, de un admirable intercambio entre la divinidad y la humanidad. San Atanasio de Alejandría afirma: «El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (De Incarnatione, 54, 3: PG 25, 192), pero sobre todo con San León Magno y sus célebres homilías sobre la Navidad esta realidad se convierte en objeto de profunda meditación. En efecto, el Santo Pontífice, afirma: «Si nosotros recurrimos a la inenarrable condescendencia de la divina misericordia que indujo al Creador de los hombres a hacerse hombre, ella nos elevará a la naturaleza de Aquel que nosotros adoramos en nuestra naturaleza» (Sermón 8 sobre la Navidad: CCL 138, 139).

Así, el Señor me invita a tener un corazón agradecido por tantos dones que me concede diariamente, pero sobre todo, por el don de la Fe, y el don de Sí mismo, que es el mayor tesoro que se pueda recibir en la vida. Tal y como nos dice San Pablo en la segunda lectura: «En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8,14-17).

Es una buena noticia que me llena de alegría y de estupor. El Señor me ama y me invita nuevamente a acoger hoy este don, que es Él mismo. Mientras rezo y medito estas palabras de San Pablo, vienen a mi mente y a mi corazón otros versículos de San Pablo que me producen dolor, vergüenza y, al mismo tiempo, me invitan a darle gracias al Señor por tan gran amor: «¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado? Quiero saber de vosotros una sola cosa: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en la predicación? ¿Tan insensatos sois? Comenzando por espíritu, ¿termináis ahora en carne?» (Gal 3,1-3).

Si el Señor ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia (Jn 10,10), ¿por qué seguir engañado viviendo tras los ídolos. Hoy el Señor pronuncia una palabra clave para mi vida: «Huid de la idolatría» (1 Co 10,14). Porque no reside la felicidad en ser amado, en ser tenido en cuenta, en que se haga la propia voluntad, en tener dinero, placer o poder. La felicidad auténtica reside en amar como ama Dios, en vivir como Hijos de Dios. Así, decía S. S. Benedicto XVI: “La prueba más fuerte de que estamos hechos a imagen de la Trinidad es ésta –aclaró–: sólo el amor nos hace felices, pues vivimos en relación, y vivimos para amar y para ser amados” (S.S. Benedicto XVI, Ángelus 7 de junio de 2009).

De ahí el mandato que nos hace el Señor en el Evangelio hoy nuevamente: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19), y no por simple y mero proselitismo, sino para que el que crea, tenga vida eterna, experimente el amor de Dios y la regeneración que Cristo puede llevar a cabo en su vida. Así, dirá San Pablo: “Caritas Christi Urget Nos” (2 Co 5, 14). Es urgente. Hay demasiado en juego. Mucho más que un mero reparto de poder político territorial: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3).

Por tanto, hoy es un día de Fiesta en que el Señor me recuerda algo que rezo todos los días en las diversas oraciones y me invita a detenerme a meditarlo, a rezarlo. El Señor me recuerda el fin para el que me ha creado y para el que me ha dado la fe: Darle Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Recemos para que no caiga en vano la Gracia de Dios y para desear SER UNO con Cristo, y así, siendo UNO CON ÉL, ser UNO CON DIOS, por medio del Espíritu Santo, en la Iglesia, ya que el mismo Cristo dice: «El Padre y Yo somos uno» (Jn 10,30); «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Pues, como decía la Madre Teresa: ¡Quien me vea a mí, que solamente te vea a ti, Jesús!». Feliz domingo de la Santísima Trinidad

Foto de Maria Josefa Collado Patón.

NO ES FACIL SER “BUEN PASTOR”

–No siempre, tener los mismos sentimientos de Jesús, es fácil

–No todos los días, brindar el corazón de Jesús como El lo hace, resulta cómodo

–No resulta gratificante, en una sociedad permisiva, excesivamente hedonista y

caprichosa, indicar senderos que nos llevan a una vida sobria o austera.

1.- Seguimos en este tiempo de la Pascua, atónitos y deslumbrados, por los fulgores de la Resurrección de Cristo. Antes de su resurrección ya nos dejó muchas pistas para que pensáramos qué significaba ser cristianos o discípulos suyos.

No podemos quedarnos exclusivamente en el ser buenos, en afanarnos por un mundo mejor, en compartir algo de lo nuestro (eso lo puede realizar cualquiera que no sea creyente) para afirmar que nuestra vida cristiana ya es “como Dios manda”. Hay que ir más allá.

El Buen Pastor, Jesús, espera nuestra adhesión hacia El. Implica el dejarnos guiar, seducir y regir por su cayado y por su voluntad. Tres huellas, del Buen Pastor, nos pueden ayudar a no alejarnos de El:

La Palabra: nos ilumina. Nos anima en tiempos de dificultades. Nos rescata de atolladeros en los que, por diversas circunstancias, nos hemos metido. La Palabra del Buen Pastor es siempre segura, certera, sabrosa. No escucharla nos lleva, en la mayoría de los casos, a un desconocimiento total de la personalidad y de la misión de Jesús.

La Oración: con la oración, el Buen Pastor, se relaciona personalmente con cada uno de los miembros de su rebaño. Con la oración, Jesús, nos señala la vía que hemos de escoger para no perdernos en las noches oscuras de la vida. Con la

oración sentimos la necesidad de entrar en diálogo con Aquel que nos ama, que nos comprende y que nos quiere tal y como somos.

La Eucaristía: sin ella, los amigos de Cristo, nos debilitamos. El cristiano que no vive ni participa de la eucaristía corre un serio riesgo: ser un simple borrego. Se deja ordenar por lo dictados del mundo. Se alimenta exclusivamente por otros alimentos perecederos que la sociedad ofrece, para embellecer el cuerpo o agradar el paladar, pero en detrimento de la belleza del espíritu o del alma.

2.- En un tiempo en el que escasean tanto los líderes, necesitamos de Alguien que presida y motive nuestra existencia. Que nos reconozca con nuestro propio nombre y apellidos. Que nos trate con cierta dignidad y delicadeza. Como Jesús nada ni nadie.

Será difícil alcanzar la meta que Jesús nos propone. Será ardua la tarea de que, los pastores que dirigen la Iglesia, seamos tal y como Jesús se nos mostró. Pero siempre nos quedará el empeño de no abandonar cuando “tantos lobos” intentan apagar la voz de la verdad de Dios y, otras veces, arremeter contra los pastores que –con pecados y virtudes- intentan/intentamos orientar la vida de nuestras comunidades cristianas.

Demos gracias al Señor, en este Domingo IV de Pascua, porque sigue encabezando nuestro peregrinar por esta tierra e, incluso, dando la vida por cada uno de nosotros.

Os pedimos, en este Día del Buen Pastor, una oración por nosotros (por los sacerdotes). Grande la misión que nos ha encomendado el Señor, y muy frágiles en muchas ocasiones nuestras fuerzas. Por nuestras debilidades, pecados e inseguridades.

3.- ¡CUANDO MAS TE NECESITO, SEÑOR!

Te asomas, despertándome de mi letargo cristiano

y me pones en guardia frente a tantas cosas

que debilitan y distorsionan mi amistad contigo.

Cuando más ten necesito, Señor,

eres cayado en el que me apoyo para sujetarme

nunca caer y siempre levantarme.

Cuando, veo que mi nombre se pierde el abismo,

suena tu voz clara y nítida: ¡AMIGO!

Y, compruebo una y otra vez,

que eres Pastor que guarda mis pensamientos en el día

y hasta vela mis sueños entrada la noche.

Sí; Jesús.

Siempre surges en el momento oportuno.

Conoces mi vida como nadie

y, a pesar de estar tan llena de briznas,

la pones sobre tus hombros

para, una y otra vez, redimirla de sus pecados y dolencias.

Y es que, Tú, Señor,

como Pastor diligente, oportuno y puntual

te haces el encontradizo cuando más te necesito

Si, debilitado por mis esfuerzos, pienso en el abandono

me elevas sobre tus hombros

me cubres con tus brazos

y me rodeas con tus Palabras de liberación

Si, paralizado por mis errores, miro al fracaso

susurras palabras de consuelo a mis oídos:

¡Yo estaré contigo todos los días!

Y es que, Tú, Señor,

como Pastor que conoces mis atajos y mis dudas

te presentas cuando más te necesito.

Si, confundido por mil ideas, temo desertar

me confirmas en la fe verdadera: ¡YO SOY!

Si, añorando poder y riquezas,

dirijo mis ojos hacia el escaparate del mundo

me llevas ante el tesoro de tu amor.

Y es que, Tú, Señor,

como Pastor, no quieres que –aún siendo débil oveja-

me pierda y me vaya lejos de tu rebaño.

Por eso y por tantas cosas, Señor,

te doy gracias

bendigo tu nombre

avanzo en tus sendas

proclamo tu Palabra

y, hoy como ayer, te digo:

¡TÚ ERES EL BUEN PASTOR!

Apareces siempre

cuando más te necesito

Amén.

 

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